Rafael Iniesta, Laura Gómez y Elisa Pérez tienen 22 años. Rocío Hidalgo y Miguel Figuerola, 21. Su "lluvia de ideas" empezó con un estudio sobre las barreras urbanas que les llevó a lo que uno de ellos llama "arquitectura móvil" y otro "arquitectura no estrictamente arquitectónica". "Hay barreras visibles entre el interior de la ciudad y la periferia", dice Iniesta, "como pueden ser la vía del tren, un río o una carretera; nos interesaban más esas barreras difusas en las que sin salir de un mismo espacio iban cambiando las condiciones de la gente que subía al autobús".

Han aprendido, "estamos en la época de aprender", una lección fundamental: hay que elegir la arquitectura en función de la gente, no elegir la gente en función de la arquitectura. Encontraron en un desguace autobuses completos, pero les pedían "un dineral" por los cuatro asientos que necesitan para invitar a los participantes en dicho festival a su viaje, a este travelling urbano.

Después de una primera sesión con cámara oculta sobre comportamientos de los usuarios en el autobús, pasaron en una segunda fase a la acción. Rocío, onubense de cuna, subió al autobús con una tabla de la plancha. Miguel, malagueño, se caracterizó como repartidor de pizzas y simuló que un usuario del 34, el autobús que pasa por Reina Mercedes en la que se encuentra la Escuela de Arquitectura, había pedido una cuatro estaciones. Elisa, tinerfeña, crecida entre las guaguas isleñas, subió al autobús dispuesta a dormir con el atuendo propicio y hasta un osito como el que tenía Bridget Jones. Rafael, gaditano, se dedicó a limpiar los cristales y se esmeraba con los asientos antes de que los ocuparan los viajeros. Uno tocaba la guitarra, otro utilizaba el gigantesco espejo retrovisor para afeitarse con un lavabo portátil.

Al festival de Barcelona faltarán dos miembros del equipo: uno disfruta de un curso Erasmus, el otro tiene ensayo con el grupo musical Soulteros. Ha sido un viaje lleno de descubrimientos. "Un día empecé a multiplicar por días, semanas y meses el tiempo que la gente pasa en los autobuses y me agobié", dice Rocío. Un tiempo que no se corresponde, según las conclusiones de su estudio, con el espacio dilapidado en ese lugar común y ajeno al mismo tiempo.

Eligieron dos de las líneas que más barreras rompen en los itinerarios de Tussam, la 2 y la 6, que le dan la vuelta a la ciudad en un sentido transversal, como es la propia vida. No creen en el arquitecto divino que deja un símbolo en la ciudad. "El otro día mi abuelo me dijo", cuenta Miguel, "mira qué cipone han puesto en Barcelona. Niño, ¿a ti te gusta?". No hay conductores de autobús en su familia. Rocío es hija de un ingeniero de minas y una profesora de instituto. Los padres de Laura son médicos. El padre de Elisa trabaja en Iberia, la madre es auxiliar administrativa. Los varones tienen más relación familiar con su vocación universitaria. El padre de Rafael es arquitecto; el de Miguel, aparejador.

Una de las joyas de su trabajo la obtuvieron cuando en uno de sus trayectos dieron con dos jóvenes que iban en busca de su dosis a las Tres Mil Viviendas. "Hablaron de todo, fue un ejercicio maravilloso de sociología urbana. Un debate en toda regla: la botellona, la impotencia de la emperatriz de la china, el tsunami, las carreras que había que estudiar para tener un nivel económico que los pusiera en el taco". Una versión local de Cowboy de medianoche, esa historia de autobús que protagonizaron Dustin Hoffman y John Voight.

Desdeñan a los arquitectos divinos, pero tienen sus preferencias. Rafael cita a Santi Cirugeda, joven arquitecto de la Alameda que ha colaborado con estos estudiantes. Miguel se queda con el portugués Alvaro Siza. "Como en la música, yo no tengo preferencias. Me gusta o no me gusta", dice Elisa. Su compañera Rocío elige a Ávalos y Herrero y al finlandés Rem Koohas. Laura lo tiene muy claro: Gaudí por encima de todos. Un arquitecto que curiosamente murió atropellado por un tranvía.

El autobús, integrante esencial del mobiliario urbano, recipiente de historias, conecta con la relación dinámica que todos ellos mantienen con la arquitectura, con su futuro profesional. Laura: "Gracias a este trabajo he descubierto que lo mío es la arquitectura social, el patrimonio. Un mundo que me atrae más que crear". Rafael: "No me gustaría hacer, me gustaría rehacer". Elisa: "Desde pequeña siempre me fijaba en los techos". Rocío: "Me atrae mucho la rehabilitación, coger un edificio antiguo y modernizarlo por dentro". Miguel: "El Museo Picasso, por ejemplo".

En la gente encontraron las reacciones más dispares, desde quien los confundió con integrantes de una campaña publicitaria a la que les pidió que pospusieran su escenificación hasta que se bajara en la siguiente parada. Pasando por quien les aseguró "que si hicieran cosas así todos los días cogería el autobús con más frecuencia".

Les consta que en escuelas europeas de Arquitectura hay un sitio en los planes de estudio para la sociología y la antropología. "La escuela de Sevilla es muy buena, pero muy técnica". Vive de espaldas al autobús, a este transporte público en el que, según la documentación recopilada por estos jóvenes, se fundaron los sindicatos obreros de Los Angeles. Se bajan del 34, con Rafael Iniesta soltando una cita de Andrés Calamaro, más urbano que las paradas de autobús.